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Essay
Astronomy

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Karl-Franzens-Universität Graz - KFU

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Sebastián Moreno: Tel.: 0676/641 25109 , Facebook: https://www.facebook.­com/sebamoreno87?fref­=ts

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El fin de la idea de progreso y la postmodernidad1


Ana Ribeiro


1994


Las palabras, esas grandes etiquetas de las ideas, también pasan por períodos de protagonismo, o de olvido; como no todas existieron siempre, tienen su etapa de surgimiento, vedettismo y hasta sufren lapsos de abuso y saturación.

Este artículo se propone hurgar en algunas palabras muy connotadas en los últimos años, buscando el hilo que las conecta entre sí y su contenido real. Contenido que es un poco el "aire de nuestro tiempo", ya que vivimos inmersos en un mundo en el que está en tela de juicio la idea de progreso, se dice que le ha llegado la hora final a la modernidad; aún más, se presagia el propio fin de la historia y se proclama el imperio de lo postmoderno, desde la arquitectura al esteticismo que rige la vida social, pasando por juventudes apáticas y renacimientos religiosos.



La idea de progreso


Nos acompaña desde hace dos mil años, por lo menos, razón por la cual nos parece inherente al ser humano. Sin embargo, las visiones más antiguas que los hombres tuvieron acerca de sí, del tiempo y del devenir, fueron cíclicas y fatalistas. Cíclicas porque, al compás de los ritmos de la naturaleza, la historia estaba sometida a períodos de nacimiento, crecimiento, maduración, decadencia y muerte.

Fatalistas porque estas etapas se cumplían inexorablemente para los hombres, las ciudades, los pueblos, los imperios. El hombre no podía quebrar ese rumbo predeterminado y su libertad consistía en, conociendo la historia, saber jugar lo mejor posible su rol. Ese era el sentido del "pragmatismo" entre los griegos: la historia enseña. Dentro de estos márgenes, la idea de los griegos acerca de la naturaleza humana es optimista, en tanto es protagónica.

Estos "padres" de la Historia tenían una visión espaciotemporal en la que el mundo no era mucho más ancho que el Egeo y todo lo demás era "ajeno" (lo que ellos denominaban "bárbaro"). En este sentido es proverbial la imagen de Heródoto relatando con asombro los testimonios por él vistos acerca del antiquísimo pasado de los egipcios.

Un pater de la historia calificado de "cuentista" por Aristóteles y hoy reivindicado por su amplitud antropológica.

La Historia como disciplina se movía aún en el mundo de oralidad que de la Grecia del siglo V era. El imperio de lo escrito aparecerá con Tucídides, el académico, el "científico" amante de la historia política. Pero también en él la impronta será la misma: en las primeras páginas de su Historia de la Guerra del Peloponeso señala que no pudo conocer los sucesos anteriores, pero confiesa no creer "que fueran de importancia ni en cuanto a las guerras ni en cuanto a los demás"2.

Los romanos, también en historiología como en arte, herederos de los griegos, introducirían modificaciones importantes. Aunque no los superen en apodexis (demostración y exposición) introducirán el concepto de lo universal: lo universal es Roma y en cuanto tal es un "todo". No era lo universal real, como quedará demostrado de 1492 en adelante, pero el concepto de lo universal estaba en ciernes.

Será totalmente conformado con el advenimiento del cristianismo, religión que corroe y fecunda, a la vez, el organismo ya enfermo del Imperio Romano, trascendiéndolo y trascendiendo ella misma como religión universal.

El cristianismo romperá la visión cíclica de la Antigüedad (aunque sin eliminarla: Nietzsche, Spengler serán estelas nostálgicas de esa estrella), concretará el universal teórico e inaugurará la idea de progreso.

Lo hará a través de una larga génesis: Yahvé, dios de los hebreos, comenzará a ampliar su esfera de acción y de poder cuando, a través de los Profetas, anuncie al pueblo de Israel los castigos que recibirían por sus pecados, especialmente por el de idolatría, por medio de cautiverios y dominaciones que sufrirían a manos de los pueblos vecinos. Lo que significaba que su mano divina controlaba también a asirios, egipcios y babilonios.

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El fin de la idea de progreso - Text veröffentlicht von Sebastián Moreno, Universität Graz © : Kontakt sebamoreno87@hotmail.com IP:86.32.13.70
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El Mesías anunciado separará a la comunidad hebrea en dos grupos: los que aún siguen esperándolo y aquellos que vieron en Jesús, hijo de José el carpintero, al hijo de Dios. La pequeña secta dentro del "universal" Imperio Romano comienza su expansión a través de la prédica de los apóstoles. Su mensaje era universal: el Nuevo Testamento es una Nueva Alianza entre todos los hombres de fe y Yahvé, ahora dios único, todopoderoso, más piadoso que el del Viejo Testamento.

Pero también más distante, en el Viejo Testamento detuvo la mano de Abraham cuando, en un acto de obediencia divina, iba a ejecutar a su primogénito; también fue quien cerró las puertas del arca de Noé, por citar dos ejemplos.

Primero perseguidos, luego admitidos, finalmente, religión oficial del Imperio Romano, el cristianismo, religión universal, inicia una larga historia de conjugación del poder temporal y del espiritual. Y da a Occidente la matriz de su autoconcepción histórica. Ésta será elaborada por San Agustín, obispo de Hipona (354-430) en momentos en que el Imperio Romano de Occidente caía y Roma, la eterna, era incendiada y saqueada por Alarico.

San Agustín plantea la historia como la realización de los propósitos divinos, no de los humanos. El hombre es pecador y Dios, piadosamente, le ofrecerá la redención. Esto, si bien mengua el papel protagónico que los griegos daban a los hombres en la historia, eleva a la Historia como disciplina a una nueva categoría: las de única vía de conocimiento de la voluntad divina3.

Pero el principal cambio está en la concepción del tiempo, que deja de ser cíclico para ir desde la Creación al Juicio Final. El tiempo avanza en línea recta hasta un estadio final de realización y plenitud. Es más oscuro el papel de los hombres, pero hay optimismo en ese final luminoso. Es un optimismo fatalista: es la convicción de un fatal, inexorable final-comienzo.

Porque en el fin de un pasado en secuencias (épocas: cada una de las cuales es la realización de un objetivo divino específico), pero el comienzo de un tiempo eterno a la diestra del Señor. Es la historia como historia de la salvación, con dimensión ontológica.

La necesariedad es lo nuevo y es lo que liga a los propósitos divinos, al tiempo y a los hombres, Para San Agustín "la plenitud de la raza humana se encontraba ya en el primer hombre", el Dios de San Agustín pone en movimiento, lanza al crecimiento semillas porque "quiso hacer en el tiempo". "Esto podría expresarse con una fórmula: el crecimiento finalista más el inmodificable plan de la Providencia es igual a necesidad"4.

Pero de la mano de esta idea va la de conflicto: el desarrollo de lo que está contenido en germen se hace mediante una pugna que es el verdadero motor. Es la dialéctica heredada de los griegos y legada luego a la modernidad. Directamente vinculada a dos ideas concatenadas entre sí: la idea de necesaria destrucción con la de redención: para llegar a la perfección es necesario pasar por un período de destrucción, sufrimiento y muerte (idea que San Agustín toma del Apocalipsis de San Juan).

En San Agustín y en su dicotómica Ciudad de Dios, además de la ciudad peregrina de Abel y la terrenal de Caín, aparecen los elementos esenciales de la idea occidental de progreso. O sea: la humanidad como ente que engloba a todas las razas humanas; el avance gradual y acumulativo de la humanidad a lo largo del tiempo; un marco temporal único para todos los pueblos y civilizaciones, tiempo unilineal dividido en fases y épocas; la fe en la necesidad que rige los procesos históricos y la inevitabilidad de un futuro predeterminado; la idea del conflicto como motor que mueve el proceso histórico.

La Baja Edad Media aporta a esta concepción nuevos horizontes y protagonismos. Los hombres, sin negar lo divino, ya que hay que esperar al siglo XIX para "matar a Dios", comienzan a secularizar la historia: cruzadas, nuevos y mágicos mundos que hacen —desde entonces— más creíbles los relatos de aquel pionero de los viajeros que fue Heródoto; una nueva economía que valoraba, buscaba y paría riquezas, imponen la necesidad de una psicología moderna del tiempo.

El interés, los préstamos, los contratos, exigían un tiempo diferente, a la escala del hombre con apetencias terrenas. Un hombre diferente se abre paso, separándose gradualmente del tiempo divino, al que conservará solo como marco global, pero distante de su cotidianeidad.

El capital y los avances técnicos empujarán a las naves y a los viajeros como Colón, hombre de dos mundos, que en su Capitulación promete a la reina riquezas, la extensión del evangelio a las tierras descubiertas y la reconquista de las Tierras Santas, viejo ideal de Cruzada. Desde entonces, Europa avasalla la geografía desconocida, la explora, la viola, la somete, la metamorfosea y muta ella misma que, fundamentalmente, extrae del Nuevo Mundo inyecciones de riqueza para fortalecer el nuevo sistema en crecimiento: el capitalismo.

El universal teórico qué elabora el cristianismo se imbrica con el universal concreto que realiza un continente que, bajo el sistema de un sistema económico y social, se desborda por el mundo. Es la ECUMENE, es la espada, la Biblia y la moneda en casi armonía. "Casi" porque las contradicciones dialécticas son —no olvidemos— el motor de esa ecumene hacia su final dorado.
El progreso se adjudicará totalmente al protagonismo humano en la modernidad, época e idea, simultáneamente.



Como época histórica la Época Moderna comienza en 1453 con la caída de Bizancio en manos de los otomanos y culmina en 1789 con la Revolución Francesa. Convencionalismos cronológicos —años más, décadas menos— que encierran numerosas y profundas transformaciones.

Como idea la modernidad es mucho más abarcadora, incluye el iluminismo, el positivismo, el marxismo, las utopías, los proyectos, la idea de progreso; contemporiza con el conservadurismo democrático, con el liberalismo, con los populismos, el comunismo teórico y los socialismos teóricos y prácticos. Lo atraviesa la universalidad de sus proyectos, de sus sistemas económicos, sociales y políticos, de sus movimientos artísticos y del ritmo impuesto por las "vanguardias".

La Época Moderna surge de las entrañas de la Baja Edad Media, cuando también lo hace el capitalismo y la burguesía. El impulso de viajar y explorar, la creación de un mercado mundial a partir de los descubrimientos, la consolidación de los estados nacionales bajo la forma de monarquías, el Renacimiento de los siglos XV y XVI, serán fenómenos paralelos.

Dos transformaciones contribuirán a la elaboración de la nueva concepción antropocéntrica: en el siglo XV La Reforma impulsa el libre desarrollo del individuo, la interpretación abierta y personal de la Biblia y estimulan el trabajo (afán del hombre por el mundo terreno). En los siglos XVI y XVII la revolución científica que protagonizan Copérnico, Galileo, Newton (entre otros), derriba conceptos que apuntalaban la visión teocéntrica: el geocentrismo es sustituido por el heliocentrisno, se conoce la gravitación universal y el movimiento de cuerpos y planetas.

Este desarrollo del pensamiento crítico y científico será la fuente que alimentará el Humanismo del siglo XVIII; y a éste, concretamente, se debe el proyecto de Modernidad e idea de "lo moderno". En oposición a una Edad Media que tildaban de oscura (reivindicando las épocas de "luz" que Voltaire identificaba con Perícles, Alejando y Luis XIV) los iluministas formulan un modelo que "se basaba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias.

Al mismo tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica. Deseaba emplear esta acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria, es decir, en la organización racional de la cotidianeidad social"5.
El siglo de las luces, de la razón, transforma la historia en un producto humano, manteniendo la noción de Dios reducida el deísmo, que ve en el fondo de todas las religiones históricas una religiosidad racional común.

De lo nuevo identificado con lo valioso en virtual de la apropiación del fundamento origen, que puede ser el buen salvaje, las formas de la vida comunitaria o de unidad productividad-creación-realización personal anterior a la alienación del asalariado, por ejemplo.

Por otra parte hay otra legitimidad posible, diferente a la ya señalada (generalmente concebida como "mítica"): la legitimidad derivada de una idea a realizar (sea la libertad, "luces" o socialismo, etc.). Posee valores legitimante porque es universal, orienta todas las actividades humanas: es proyecto. Estamos, así, ante la secularización de la idea de progreso, sostenida en su punto inicial por el fundamento-origen y en su punto terminal por el proyecto.

Son los "Grandes Relatos".

Todos los "ismos" de la época contemporánea participan igualmente (pese a sus reales o aparentes divergencias) de la condición de "gran relato" o "metarretrato", a los que Lyotard describe como " las narraciones que tienen función legitimante o legitimatoria"6. Hay una línea de continuidad que, desde Descartes y el empirismo británico, pasa por el Iluminismo y Kant y culmina en Comte, Hegel y Marx.

La ética de Kant responde a la quiebra de la unidad religiosa que significó la Reforma y a la búsqueda de racionalidad y universalidad del Iluminismo. Es el más elaborado intento de construir una ética universal de naturaleza racional. Las máximas de esta ética destacan el valor del deber. Será el sentido del deber el más fuerte lazo que una a los individuos con el "gran relato" al que se adscriban.

El Romanticismo, en la primera mitad del siglo XIX atacó la modernidad, reivindicó la Edad Media y prohijó los nacionalismos. Pero como las raíces de las naciones estaban dispersas a lo largo de la historia, los románticos contribuyeron a la idea del progreso, concibiéndolo al mismo con una coherencia interna superior a la de las iluministas, como proceso gradual, acumulativo, que todo lo abarca y que justifica incluso lo negativo en aras del objetivo y sentido general de la historia.

Si la historia es una teodicea, si hay enfrentamientos mal-bien, es lógico que los haya, también, geográficamente ubicados. La nación es ahora un ente redentor en el proceso de desarrollo histórico.

Los finales felices de las largas y tortuosas novelas decimonónicas y Karl Marx describiendo el largo derrotero de luchas sociales que anteceden a la sociedad sin clases del comunismo, son, desde el punto de vista filosófico, igualmente románticos. Pero el saldo que nos interesa resaltar es, como, a pesar de sí, el romanticismo, confesadamente anti-moderno, fortalece la idea vertebradora de la modernidad: la de progreso.

Con la fuerza de lo teológico o sin Dios, el proyecto de la modernidad estuvo completo cuando contó con una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomo (con lógica propia) y al hombre como protagonista de un proceso increscente y universal. En nombre de esa universalización, la modernidad, europea en forma y en esencia, se extendió por el mundo arrasando culturas.

Allí donde encontró fuertes raigambres culturales o importantes demografías que doblegar, la modernización se realizó solo en parte, fue "periférica". Pero total o parcialmente, los grandes relatos llegaron a todos los rincones del planeta.


Aunque la denominación alcance a todas las visiones globalizadoras y legitimantes del tenor que sean, el siglo XX ha girado en torno a tres grandes relatos que hereda del siglo anterior: el comteano, el hegeliano y el marxista.

Comte, fundador del positivismo en la primera mitad del siglo XIX, reconoció en Turgot y Condorcel importantes aportes a la idea del progreso pero creyó ser el descubridor de la "ley del progreso" y fue —de hecho— el primero en señalar la ausencia de esta idea en los mundos clásico y medieval. La inteligencia humana, para Comte, ha progresado a través de tres fases o estado: el teológico, el metafísico y el positivo.

La sociología concebida como física social, pináculo del saber, es la ciencia que estudia esa dinámica social.

En la primera fase, o sea en el estado teológico, el poder espiritual es teocrático y lo acompaña un poder temporal monárquico, unidos ambos en un estado de tipo militar. En el estado metafísico impera el monoteísmo y la causa de los fenómenos pasan a ser las ideas o principios abstractos. Es un período de gran especulación metafísica al que contrapone, aunque siguiendo un proceso de filiación histórica, el estado positivo.

Dos de las ideas signarán todo el siglo XX: la humanidad es una y el desarrollo humano trae consigo una constante mejora de las condiciones materiales de vida y de las facultades intelectuales. Es el progreso de la mano de la ciencia.

El gran relato comteano ponía su acento legitimante, como toda utopía, en el proyecto a alcanzar.

Hegel, también en los primeros años del siglo XIX, insiste en la racionalidad de la historia, haciendo que sea la Idea o Espíritu quien se desarrolla con ella. La historia vuelve a ser el medio privilegiado de conocimiento de la esencia del Espíritu; en Hegel hay filosofía idealista, metafísica, mística y teología. No hay lugar para lo accidental; cuando algo no está sujeto a cálculo, no hay azar según Hegel, sino una voluntad divina que se impone, aunque ésta sea imposible de desentrañar para el hombre.

Cuando un hombre cree cumplir una gran obra en beneficio de sí o de su pueblo, solo cumple con los designios de la historia, pero sin saberlo: es la "argucia de la razón".

El gran relato hegeliano no tiene su legitimación en una proyección de futuro ya que la historia, para Hegel, termina en el presente. Está en lo absoluto de esa construcción que hace que, gracias a la dialéctica del espíritu, la humanidad se una de nuevo con Dios; está en la sentencia de que "todo lo que es racional es real y todo lo que es real es racional"; está en la visión del Estado como encarnación de la razón.

No casualmente Hegel hace ver el Estado como la venida de Dios a la Tierra, cuando en su país se consolidaba el estado moderno y el propio perfil nacional, bajo la monarquía constitucional prusiana.

Karl Marx, a mediado del XIX, conjuntamente con Engels y basándose en la filosofía clásica alemana (Hegel, Feuerbach), en la economía política inglesa y en el socialismo francés (al que clasificará como "utópico") construye su propuesta de "socialismo científico". La suya no será solo una visión crítica del capitalismo y una propuesta de cambio en búsqueda de justicia social, proyecto a alcanzar mediante el parto violento de la revolución del proletariado.

Acciones políticas y cambios económicos diversos son analizados por parte de Marx, desde el punto de vista de su condición de instrumentos inconscientes de la historia7.

La legitimación de su visión histórica es dual. Por medio del concepto de alienación, el hombre, después de la revolución del proletariado, deberá recuperar la armonía y el equilibrio que en su origen existía, antes de que la sociedad de clases escindiera al hombre y al trabajo. Igualmente legitimatorio es el proyecto, en el que, con su acto de fe en una sociedad igualitaria a alcanzar, Marx se nos revela romántico y agustiniano.

Comte, Hegel y Marx son las expresiones de la modernidad que más proyecciones han tenido en el siglo XX; herederos de una larga tradición, sus propuestas, aún siendo diferentes y/o encontradas, son, sin embargo, fieles a ciertos principios rectores comunes: el progreso, lo inexorable del mismo, la unidad de la humanidad, la inclusión de la realización de los individuos en un proyecto colectivo, proyecto que demanda la obtención y uso del poder para ser alcanzado.


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