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Essay
Astronomy

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Karl-Franzens-Universität Graz - KFU

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El fin de la idea de progreso y la postmodernidad1


Ana Ribeiro


1994


Las palabras, esas grandes etiquetas de las ideas, también pasan por períodos de protagonismo, o de olvido; como no todas existieron siempre, tienen su etapa de surgimiento, vedettismo y hasta sufren lapsos de abuso y saturación.

Este artículo se propone hurgar en algunas palabras muy connotadas en los últimos años, buscando el hilo que las conecta entre sí y su contenido real.

Contenido que es un poco el "aire de nuestro tiempo", ya que vivimos inmersos en un mundo en el que está en tela de juicio la idea de progreso, se dice que le ha llegado la hora final a la modernidad; aún más, se presagia el propio fin de la historia y se proclama el imperio de lo postmoderno, desde la arquitectura al esteticismo que rige la vida social, pasando por juventudes apáticas y renacimientos religiosos.



La idea de progreso


Nos acompaña desde hace dos mil años, por lo menos, razón por la cual nos parece inherente al ser humano.

Sin embargo, las visiones más antiguas que los hombres tuvieron acerca de sí, del tiempo y del devenir, fueron cíclicas y fatalistas. Cíclicas porque, al compás de los ritmos de la naturaleza, la historia estaba sometida a períodos de nacimiento, crecimiento, maduración, decadencia y muerte. Fatalistas porque estas etapas se cumplían inexorablemente para los hombres, las ciudades, los pueblos, los imperios.

El hombre no podía quebrar ese rumbo predeterminado y su libertad consistía en, conociendo la historia, saber jugar lo mejor posible su rol. Ese era el sentido del "pragmatismo" entre los griegos: la historia enseña. Dentro de estos márgenes, la idea de los griegos acerca de la naturaleza humana es optimista, en tanto es protagónica.

Estos "padres" de la Historia tenían una visión espaciotemporal en la que el mundo no era mucho más ancho que el Egeo y todo lo demás era "ajeno" (lo que ellos denominaban "bárbaro").

En este sentido es proverbial la imagen de Heródoto relatando con asombro los testimonios por él vistos acerca del antiquísimo pasado de los egipcios. Un pater de la historia calificado de "cuentista" por Aristóteles y hoy reivindicado por su amplitud antropológica.

La Historia como disciplina se movía aún en el mundo de oralidad que de la Grecia del siglo V era.

El imperio de lo escrito aparecerá con Tucídides, el académico, el "científico" amante de la historia política. Pero también en él la impronta será la misma: en las primeras páginas de su Historia de la Guerra del Peloponeso señala que no pudo conocer los sucesos anteriores, pero confiesa no creer "que fueran de importancia ni en cuanto a las guerras ni en cuanto a los demás"2.

Los romanos, también en historiología como en arte, herederos de los griegos, introducirían modificaciones importantes.

Aunque no los superen en apodexis (demostración y exposición) introducirán el concepto de lo universal: lo universal es Roma y en cuanto tal es un "todo". No era lo universal real, como quedará demostrado de 1492 en adelante, pero el concepto de lo universal estaba en ciernes. Será totalmente conformado con el advenimiento del cristianismo, religión que corroe y fecunda, a la vez, el organismo ya enfermo del Imperio Romano, trascendiéndolo y trascendiendo ella misma como religión universal.

El cristianismo romperá la visión cíclica de la Antigüedad (aunque sin eliminarla: Nietzsche, Spengler serán estelas nostálgicas de esa estrella), concretará el universal teórico e inaugurará la idea de progreso.

Lo hará a través de una larga génesis: Yahvé, dios de los hebreos, comenzará a ampliar su esfera de acción y de poder cuando, a través de los Profetas, anuncie al pueblo de Israel los castigos que recibirían por sus pecados, especialmente por el de idolatría, por medio de cautiverios y dominaciones que sufrirían a manos de los pueblos vecinos.

Lo que significaba que su mano divina controlaba también a asirios, egipcios y babilonios. El Mesías anunciado separará a la comunidad hebrea en dos grupos: los que aún siguen esperándolo y aquellos que vieron en Jesús, hijo de José el carpintero, al hijo de Dios. La pequeña secta dentro del "universal" Imperio Romano comienza su expansión a través de la prédica de los apóstoles.

Su mensaje era universal: el Nuevo Testamento es una Nueva Alianza entre todos los hombres de fe y Yahvé, ahora dios único, todopoderoso, más piadoso que el del Viejo Testamento. Pero también más distante, en el Viejo Testamento detuvo la mano de Abraham cuando, en un acto de obediencia divina, iba a ejecutar a su primogénito; también fue quien cerró las puertas del arca de Noé, por citar dos ejemplos.

Primero perseguidos, luego admitidos, finalmente, religión oficial del Imperio Romano, el cristianismo, religión universal, inicia una larga historia de conjugación del poder temporal y del espiritual.

Y da a Occidente la matriz de su autoconcepción histórica. Ésta será elaborada por San Agustín, obispo de Hipona (354-430) en momentos en que el Imperio Romano de Occidente caía y Roma, la eterna, era incendiada y saqueada por Alarico.

San Agustín plantea la historia como la realización de los propósitos divinos, no de los humanos.

El hombre es pecador y Dios, piadosamente, le ofrecerá la redención. Esto, si bien mengua el papel protagónico que los griegos daban a los hombres en la historia, eleva a la Historia como disciplina a una nueva categoría: las de única vía de conocimiento de la voluntad divina3.

Pero el principal cambio está en la concepción del tiempo, que deja de ser cíclico para ir desde la Creación al Juicio Final.

El tiempo avanza en línea recta hasta un estadio final de realización y plenitud. Es más oscuro el papel de los hombres, pero hay optimismo en ese final luminoso. Es un optimismo fatalista: es la convicción de un fatal, inexorable final-comienzo. Porque en el fin de un pasado en secuencias (épocas: cada una de las cuales es la realización de un objetivo divino específico), pero el comienzo de un tiempo eterno a la diestra del Señor.

Es la historia como historia de la salvación, con dimensión ontológica.

La necesariedad es lo nuevo y es lo que liga a los propósitos divinos, al tiempo y a los hombres, Para San Agustín "la plenitud de la raza humana se encontraba ya en el primer hombre", el Dios de San Agustín pone en movimiento, lanza al crecimiento semillas porque "quiso hacer en el tiempo". "Esto podría expresarse con una fórmula: el crecimiento finalista más el inmodificable plan de la Providencia es igual a necesidad"4.

Pero de la mano de esta idea va la de conflicto: el desarrollo de lo que está contenido en germen se hace mediante una pugna que es el verdadero motor. Es la dialéctica heredada de los griegos y legada luego a la modernidad. Directamente vinculada a dos ideas concatenadas entre sí: la idea de necesaria destrucción con la de redención: para llegar a la perfección es necesario pasar por un período de destrucción, sufrimiento y muerte (idea que San Agustín toma del Apocalipsis de San Juan).

El utópico mundo a alcanzar debe pagar el precio de un bautismo de fuego. La idea de la revolución como partera del mundo nuevo, tan ligada a la historia contemporánea desde la Revolución Francesa y reafirmada en la Revolución de Octubre, es de raíz agustiniana: una forma distinta de redención.

En San Agustín y en su dicotómica Ciudad de Dios, además de la ciudad peregrina de Abel y la terrenal de Caín, aparecen los elementos esenciales de la idea occidental de progreso.

O sea: la humanidad como ente que engloba a todas las razas humanas; el avance gradual y acumulativo de la humanidad a lo largo del tiempo; un marco temporal único para todos los pueblos y civilizaciones, tiempo unilineal dividido en fases y épocas; la fe en la necesidad que rige los procesos históricos y la inevitabilidad de un futuro predeterminado; la idea del conflicto como motor que mueve el proceso histórico.

La Baja Edad Media aporta a esta concepción nuevos horizontes y protagonismos.

Los hombres, sin negar lo divino, ya que hay que esperar al siglo XIX para "matar a Dios", comienzan a secularizar la historia: cruzadas, nuevos y mágicos mundos que hacen —desde entonces— más creíbles los relatos de aquel pionero de los viajeros que fue Heródoto; una nueva economía que valoraba, buscaba y paría riquezas, imponen la necesidad de una psicología moderna del tiempo.

El interés, los préstamos, los contratos, exigían un tiempo diferente, a la escala del hombre con apetencias terrenas. Un hombre diferente se abre paso, separándose gradualmente del tiempo divino, al que conservará solo como marco global, pero distante de su cotidianeidad.

El capital y los avances técnicos empujarán a las naves y a los viajeros como Colón, hombre de dos mundos, que en su Capitulación promete a la reina riquezas, la extensión del evangelio a las tierras descubiertas y la reconquista de las Tierras Santas, viejo ideal de Cruzada.

Desde entonces, Europa avasalla la geografía desconocida, la explora, la viola, la somete, la metamorfosea y muta ella misma que, fundamentalmente, extrae del Nuevo Mundo inyecciones de riqueza para fortalecer el nuevo sistema en crecimiento: el capitalismo. El universal teórico qué elabora el cristianismo se imbrica con el universal concreto que realiza un continente que, bajo el sistema de un sistema económico y social, se desborda por el mundo.

Es la ECUMENE, es la espada, la Biblia y la moneda en casi armonía. "Casi" porque las contradicciones dialécticas son —no olvidemos— el motor de esa ecumene hacia su final dorado.
El progreso se adjudicará totalmente al protagonismo humano en la modernidad, época e idea, simultáneamente.



La modernidad


Como época histórica la Época Moderna comienza en 1453 con la caída de Bizancio en manos de los otomanos y culmina en 1789 con la Revolución Francesa.

Convencionalismos cronológicos —años más, décadas menos— que encierran numerosas y profundas transformaciones.

Como idea la modernidad es mucho más abarcadora, incluye el iluminismo, el positivismo, el marxismo, las utopías, los proyectos, la idea de progreso; contemporiza con el conservadurismo democrático, con el liberalismo, con los populismos, el comunismo teórico y los socialismos teóricos y prácticos.

Lo atraviesa la universalidad de sus proyectos, de sus sistemas económicos, sociales y políticos, de sus movimientos artísticos y del ritmo impuesto por las "vanguardias".

La Época Moderna surge de las entrañas de la Baja Edad Media, cuando también lo hace el capitalismo y la burguesía.

El impulso de viajar y explorar, la creación de un mercado mundial a partir de los descubrimientos, la consolidación de los estados nacionales bajo la forma de monarquías, el Renacimiento de los siglos XV y XVI, serán fenómenos paralelos.

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